Ensayo · 2 min
La ventanita del cuadro
El Túnel · Ernesto Sabato · 1948
03 · 09 · 2026
En la primera página de El Túnel ya sabemos quién mató a quién. Sabato quema el suspenso en dos líneas, como si dijera: lo que importa no es el crimen, es el razonamiento. Y el razonamiento tarda ciento cuarenta páginas en llegar a donde ya estaba.
Castel expone un cuadro, Maternidad, y en un ángulo pinta una escena diminuta: una mujer que mira el mar desde una ventanita. Nadie la menciona. Los críticos hablan del resto. Una sola persona, María Iribarne, se queda parada frente a esa esquina. A partir de ahí, todo lo que ocurre en la novela ocurre dentro de la cabeza de Castel.
Es tentador leerlo como una historia de celos, y los celos están, con su contabilidad minuciosa de horarios y silencios. Pero los celos son el síntoma. Lo que Castel busca no es fidelidad: es verificación. Necesita comprobar que la comprensión que creyó ver frente al cuadro sigue ahí, intacta, y esa comprobación es imposible. Cada respuesta de María puede leerse de dos maneras, y él elige siempre la que confirma su hipótesis, porque una hipótesis confirmada duele menos que una duda abierta.
La novela le da al final la imagen que le faltaba: dos túneles paralelos, separados por un muro de cristal, y en algún tramo la gente puede verse pero no tocarse. Castel decide que el muro es culpa del otro. Ahí es donde el existencialismo que Sabato leyó en París se le da vuelta: la libertad sin coartadas se convierte en permiso.
Lo incómodo del libro no es que Castel esté loco. Es que no lo está. Razona como razonamos todos cuando una idea nos gusta demasiado, solo que sin frenos, y a las veinte páginas el lector ya está siguiéndole el hilo. La confesión es la forma perfecta para eso: quien narra elige qué contar, y nosotros aceptamos el trato sin firmarlo.