Ensayo · 2 min
La isla repetida
La invención de Morel · Adolfo Bioy Casares · 1940
25 · 07 · 2026
Bioy Casares publicó La invención de Morel en 1940 y Borges escribió el prólogo, que empieza diciendo que en español las novelas de imaginación razonada son escasas. Ochenta años después la novela sigue siendo la respuesta a un problema que todavía no sabíamos plantear: qué pasa cuando la imagen de alguien sobrevive a la persona.
El fugitivo llega a una isla que cree vacía y empieza a ver gente. Baila, conversa, escucha discos repetidos. Tarda medio libro en entender que lo que ve es una semana grabada que vuelve una y otra vez, y otro medio en decidir qué hacer con esa comprensión. Lo que hace es lo que hace cualquiera enamorado sin respuesta: se mete dentro.
La máquina de Morel copia todo lo que un ser vivo tiene, y al copiarlo lo gasta. Grabarse es morirse. El fugitivo lo sabe cuando se graba, y aun así se graba, para quedar al lado de Faustine en una escena que se repetirá siempre y en la que ella nunca lo mira. Es la definición más exacta de amor no correspondido que conozco, y está escrita como un problema de ingeniería.
Lo que me interesa no es la máquina: es la elección. Morel también se grabó, y también eligió una semana concreta para durar. Los dos hombres de la novela deciden convertirse en imagen antes que arriesgarse a la respuesta de una mujer real. La isla no está encantada. Está habitada por dos cobardías bien resueltas.